En la historia de Esaú vendiendo su primogenitura a Jacobo por un plato de lentejas (Gen 25:29–34) descubrimos la indiferencia que tuvo al gran privilegio de la primogenitura.
Nosotros también hemos recibido el gran privilegio de la primogenitura de Dios por Jesucristo. Se nos ha ofrecido el eterno gozo del cielo como sus hijos adoptivos. Pero en nuestra ignorancia e indiferencia, también nosotros la hemos vendido por los superficiales placeres de este mundo.
Todo lo que este mundo nos puede ofrecer, es simplemente un plato de lentejas, a comparación de nuestra primogenitura como hijos de Dios en donde todo es nuestro.